Llegando ya prácticamente a la culminación de su obra más grande — que fue publicada en diez volúmenes y tituladaEl Evangelio como me ha sido revelado—, de pronto, pensando que ya no vería más a Jesús en esta vida, María Valtorta fue sacudida por un profundo anhelo por estar con su Señor. El vino a consolarla con una promesa: “Siempre vendré. Y solo para tí. Y será aún más dulce porque estaré enteramente para ti …. Te llevaré más arriba, muy alto, hacia las inmaculadas esferas de la más pura contemplación …. De ahora en adelante sólo contemplarás, vivirás así en la más pura contemplación …. Te haré olvidar completamente el mundo, en mi amor”. Era el 14 de marzo de 1947, el día que cumplió cincuenta años.

Ocurrió que varios años antes, el 12 de septiembre de 1944, Jesús le predijo una muerte extática de contemplación: “¡Qué feliz serás cuando te des cuenta de que estás en mi mundo para siempre, recién llegada tras tu partida de este mundo infeliz, así, sin siquiera darte cuenta, pasando de una visión contemplativa a la realidad, como un niño que está soñando con su madre y que despertando con ella se encuentra aferrado a su corazón. Eso precisamente es lo que voy a hacer contigo”.

El hecho es que, en el verano de 1956, después de años de espera, recibió de la editorial el primer gran volumen impreso de la obra — el primero de los cuatro grandes volúmenes previstos para aquella laboriosa edición titulada “El Poema de Jesús”, que no llevaba el nombre de la escritora,  pues deseaba no ser reconocida en esta vida, en nada — María Valtorta la examinó con indiferencia y la colocó en su cama como si tal obra no le concerniera en absoluto. Era el primer signo de su total desprendimiento de las cosas de este mundo que se acentuaría con el transcurso del tiempo, hasta convertirse en incomunicabilidad, dulce apatía y abandono total, pero que nunca atenuó la vivacidad de su mirada, ni mucho menos alteró la serenidad de la expresión de su rostro.

En sus últimos años, ya no hacía nada. Comía sólo para alimentarse y hablaba sólo para repetir las últimas palabras de alguna frase que su eventual interlocutor le dirigía. A veces, de manera repentina solía exclamar: “¡Vaya luz del sol que hay aquí!” pero muy rara vez, y luego ya no decía más. (Y verdaderamente, ella debería haber estado gritando de dolor, según decía un médico que la atendía). En unas pocas ocasiones especiales era como si recobrara la conciencia y ofreciera sus respuestas lúcidas, precisas y proféticas – tan solo por un fugaz instante, y luego de inmediato volvía a su estado habitual olvidándose del mundo.

María falleció en la radiante mañana del jueves 12 de octubre de 1961, como si obedeciera a las palabras del sacerdote que recitaba la oración por todos los que pasan por el trance de la agonía mortal: “Apartaos y partid, alma cristiana, de este mundo”. Tenía sesenta y cuatro años, y había permanecido en cama durante veintisiete años y medio.

Doce años después, el 2 de julio de 1973, los restos mortales de María Valtorta, trasladados desde el cementerio Mercy de Viareggio, fueron enterrados en Florencia, en una capilla del claustro principal de la Basílica de la Anunciación.

CONTRIBUYA